01/11/2021
Miles de personas transitan a diario por los modernos pasillos del Aeropuerto de Santiago-Rosalía de Castro. Familias que se van de vacaciones, ejecutivos que viajan por negocios, peregrinos que culminan su camino. Para todos ellos, es una puerta de entrada y salida a Galicia, un símbolo de conexión y modernidad. Sin embargo, bajo el asfalto de sus pistas y los cimientos de sus terminales yace una historia oscura, silenciada durante décadas: la historia de miles de hombres que construyeron este mismo lugar no como trabajadores, sino como esclavos del régimen franquista. Este no es solo un aeropuerto; es un monumento involuntario al sufrimiento, la resistencia y la memoria de las víctimas de una de las épocas más sombrías de España.

El Franquismo y su Red de Campos de Concentración
Para entender el origen de Lavacolla, primero debemos sumergirnos en el terrorífico contexto de la posguerra española. Inspirado en el modelo de la Alemania nazi, que operó más de mil campos de exterminio y trabajo, el franquismo tejió su propia red de terror a lo largo y ancho del país. Desde el golpe de estado de 1936 hasta bien entrada la década de los 60, se establecieron cerca de 300 campos de concentración en España. Plazas de toros, viejas fábricas, conventos y descampados se convirtieron en centros de reclusión y castigo.
Se estima que entre 700.000 y un millón de españoles pasaron por estos campos. No eran solo soldados republicanos capturados en el frente. Entre sus muros se encerró a maestros, periodistas, sindicalistas, políticos y cualquier persona sospechosa de no comulgar con el nuevo régimen. No había juicios formales ni acusaciones claras; una simple denuncia podía significar años de encierro. El objetivo era doble: por un lado, la "reeducación" y el castigo a los "rojos"; por otro, y de forma mucho más pragmática, la explotación de una gigantesca bolsa de mano de obra gratuita. Estos prisioneros se convirtieron en los pilares forzosos sobre los que se levantaron muchas de las grandes infraestructuras de la dictadura, y Galicia no fue una excepción.
De Pequeño Aeródromo a Proyecto Faraónico
La historia aeronáutica de Santiago de Compostela comenzó de forma modesta. En 1932, un grupo de entusiastas fundó un aeroclub local. Tres años después, en 1935, se inauguraba un pequeño aeródromo en la zona de Lavacolla. Era una instalación básica, casi testimonial. Sin embargo, con el fin de la Guerra Civil, las nuevas autoridades franquistas vieron en esa explanada un potencial estratégico: la posibilidad de crear un gran aeropuerto transoceánico para toda Galicia.
El proyecto era ambicioso y requería una cantidad ingente de trabajo para ampliar y nivelar el terreno. La solución del régimen fue tan cruel como eficiente: utilizar a los presos políticos. Así, el Campo de Concentración de Lavacolla, instalado en unas naves ruinosas cercanas, vio cómo sus reclusos eran reconvertidos en un "Batallón de Trabajadores". Era un mero cambio de nombre; las condiciones de vida y trabajo seguirían siendo las de la más pura esclavitud.
La Vida en el Infierno: Trabajos Forzados en Lavacolla
Entre 2.000 y 3.000 prisioneros fueron hacinados en el campo de Lavacolla en condiciones infrahumanas. Los testimonios de los supervivientes pintan un cuadro desolador. La jornada comenzaba a las cinco de la mañana. Tras un desayuno que a menudo consistía en poco más que agua turbia con algo de achicoria, los hombres eran obligados a caminar tres kilómetros hasta el tajo, sin importar el clima.
El trabajo era brutal. Armados con picos, palas y sus propias manos, tenían que cavar, picar piedra y cargar toneladas de tierra en vagones que se movían sobre una precaria vía. El objetivo era allanar los cerros para crear la gran explanada que hoy ocupa la pista principal. Se calcula que movieron más de 40.000 toneladas de tierra. Lo hacían con ropas raídas, a menudo descalzos, soportando el implacable sol del verano y el frío y la lluvia cortante del invierno gallego. La desnutrición y las enfermedades eran constantes.
Pero el sufrimiento físico se veía agravado por la humillación y la tortura psicológica. Los guardias, sádicos y todopoderosos, repartían palizas por cualquier motivo: por no cargar lo suficiente, por un gesto de agotamiento o, simplemente, por puro placer. Una de las anécdotas más crueles que ha trascendido es la de la zanja que los propios presos tuvieron que cavar para usarla como letrina. Era común que los guardias los arrojaran dentro como forma de diversión. No solo los presos del campo sufrieron esta explotación; los hombres de Santiago también eran obligados a trabajar en la obra un día a la semana, librándose únicamente si pagaban una multa de 5 pesetas.
Evolución del Aeropuerto y el Manto de Olvido
El Campo de Concentración de Lavacolla cerró oficialmente sus puertas en 1945, pero los trabajos forzados continuaron hasta 1950, año en que se finalizó la nueva y flamante pista. En 1947, el aeropuerto se abrió provisionalmente al tráfico aéreo con un simple barracón de madera como terminal de pasajeros. No fue hasta la década de los 60 cuando se construyeron infraestructuras modernas como la torre de control y una terminal adecuada, consolidándose como el aeropuerto comercial que conocemos hoy.
Con el paso de los años, esta oscura historia fue sepultada bajo capas de asfalto y silencio. El 2 de abril de 2020, el aeropuerto fue rebautizado como Santiago-Rosalía de Castro, en un merecido homenaje a la gran escritora gallega. Sin embargo, este cambio de nombre no debe hacernos olvidar el de aquellos que regaron esa tierra con su sudor y sus lágrimas.
Aeropuerto de Lavacolla: Dos Realidades
| Característica | Realidad Actual | Origen Oculto |
|---|---|---|
| Nombre | Aeropuerto Santiago-Rosalía de Castro | Campo de Concentración de Lavacolla |
| Función | Conexión internacional para viajeros y peregrinos | Centro de reclusión y trabajos forzados |
| Construcción | Maquinaria moderna (ampliaciones) | Mano de obra esclava de presos políticos |
| Símbolo | Progreso y turismo en Galicia | Represión y sufrimiento del Franquismo |
La Lucha por la Memoria Histórica
Afortunadamente, la memoria histórica se niega a desaparecer. En 2006, se inauguró un monolito de piedra en las inmediaciones del aeropuerto en recuerdo de aquellos presos. Es un gesto pequeño pero fundamental para honrar su sacrificio. Además, la historia pervive en lugares inesperados: uno de los edificios originales del campo de concentración es hoy un hostal y restaurante, el Hostal San Paio, un testigo mudo del pasado.
El caso de Lavacolla no fue único. Otras obras emblemáticas, como el Obispado de Ourense o el Pazo de Adai en Lugo, también se levantaron con la sangre y el esfuerzo de los prisioneros del régimen. Este patrón de explotación se repitió por toda España, una realidad incómoda que es crucial conocer y divulgar.
Una imagen resume la atmósfera ideológica de la época: el 10 de diciembre de 1937, el párroco de Lavacolla ofició una misa en honor a la patrona de la aviación. A la derecha del altar, un enorme estandarte con la esvástica nazi colgaba sin pudor, símbolo de la estrecha alianza entre Franco y Hitler. Para los presos que trabajaban a pocos metros, era la prueba definitiva de que ni siquiera Dios estaba de su lado.
Preguntas Frecuentes
¿Cuántos presos trabajaron en la construcción del aeropuerto de Lavacolla?
Se estima que entre 2.000 y 3.000 prisioneros políticos del Campo de Concentración de Lavacolla fueron utilizados como mano de obra forzada en las obras de ampliación del aeropuerto.
¿Durante qué años se utilizó a estos trabajadores forzosos?
Los trabajos forzados comenzaron en 1940. Aunque el campo de concentración se cerró oficialmente en 1945, se sabe que la utilización de presos como mano de obra esclava se prolongó hasta la finalización de la pista principal en 1950.
¿Existen otros lugares en España construidos por presos del franquismo?
Sí. La utilización de batallones de trabajadores fue una práctica extendida por todo el país. Infraestructuras como el Valle de los Caídos, canales, presas, carreteras y líneas de ferrocarril fueron construidas total o parcialmente con el trabajo forzoso de presos políticos.
¿Hay algún monumento que recuerde a estos trabajadores en Lavacolla?
Sí, en el año 2006 se inauguró un monolito de piedra en las cercanías del aeropuerto como homenaje y recuerdo a los miles de presos que fueron obligados a construirlo.
La próxima vez que camine por la terminal del aeropuerto de Santiago, o vea un avión despegar desde su pista, recuerde que ese suelo fue nivelado por hombres que perdieron su libertad y, en muchos casos, su vida. Conocer su historia no es remover el pasado, sino hacer justicia a su memoria y entender que incluso los lugares más cotidianos pueden esconder las cicatrices más profundas de nuestra historia.
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