28/04/2017
Hay muertes que llegan como un estruendo y otras como un susurro. Y luego está la muerte del Tío Cosa, un evento tan esperado como increíble, una liberación que se viste de luto para desatar un carnaval de emociones contenidas. El relato “¿Qué fue tan disparejo?”, extraído del libro Todos vuelven, nos sumerge en el corazón de una familia venezolana que enfrenta el adiós a su pariente más peculiar, Pedro, un hombre de 67 años cuya vida fue una nebulosa de crisis epilépticas y desconexión, y cuya muerte se convierte en el catalizador de una de las despedidas más memorables y profundamente humanas que se puedan narrar. A través de un humor negro afilado y una ternura que se esconde en los rincones más oscuros, el narrador nos lleva en un viaje no solo a un velorio, sino al complejo mapa de afectos, cargas y legados que definen a una familia.

Un Personaje Inmortal: ¿Quién era el Tío Cosa?
Para entender la magnitud del evento, primero hay que conocer al difunto. El Tío Cosa, o Pedro, no era un hombre común. Su existencia estuvo marcada por una condición que lo mantuvo en un estado de indiferencia casi total, medicado con fenobarbital y ajeno a los dramas que lo rodeaban, como la ceguera de su cuñado o el cáncer de su hermana. Su inmortalidad no era una hipérbole; era una creencia forjada a base de sobrevivir a innumerables crisis que lo dejaban al borde del abismo, solo para volver a abrir los ojos, desafiando cualquier pronóstico. Era una presencia constante, una dote compartida, una responsabilidad que se heredaba como un mueble antiguo y pesado.
Su rasgo más característico era su desorientación geográfica. Atrapado en un bucle mental entre Bejuma y Caracas, nunca parecía saber con certeza dónde se encontraba. Esta confusión se convierte en una metáfora poderosa de su propia vida: un tránsito perpetuo entre dos puntos, sin llegar a asentarse nunca en la realidad. La pregunta recurrente de su hermana, “¿Dónde estamos, Pedro?”, y su respuesta tardía y casi siempre incorrecta, pintan un retrato agridulce de su desconexión. Era, en esencia, un viajero inmóvil, cuya única maleta era su propia existencia, empacada y desempacada por otros.
El Viaje Hacia el Adiós: Un Ritual Tragicomico
La noticia de su muerte, recibida con un lacónico mensaje de texto —“Murió Cosa. Te toca a ti. Feliz viaje.”—, da inicio a un viaje por carretera que es en sí mismo un microcosmos del velorio que está por venir. El narrador, su compadre Carlitos y sus padres emprenden el camino de doscientos sesenta kilómetros, equipados no con pañuelos, sino con una botella de William Grant's para los hombres y media de anís para la madre. El alcohol no funciona como un simple escape, sino como el combustible que enciende la maquinaria de la memoria y el humor.
El llanto “anisado” de la madre mientras narra la biografía del difunto por enésima vez, las interrupciones sarcásticas del narrador y las ocurrencias de Carlitos transforman un viaje fúnebre en una escena de comedia costumbrista. Se preguntan qué le habrá dicho el Tío a San Pedro sobre su procedencia (“De Caracas”, contestan todos al unísono) o su profesión (“Santo”, sentencia la madre). Este trayecto nos prepara para lo que vendrá: una despedida donde el dolor y la risa no son opuestos, sino dos caras de la misma moneda, una forma de procesar una vida tan singularmente disparejo.
El Velorio: Un Escenario de lo Absurdo y lo Profundo
La llegada a la casa materna en Bejuma confirma que este no será un velorio convencional. La escena es un hervidero de gente, un evento social donde algunos acuden a verificar el increíble deceso y otros a lucir sus estrenos de Año Nuevo. En el centro de todo, dos figuras contrastantes: una tía Chana visiblemente ebria y un Tío Cosa elegantemente vestido con cuello duro y corbata, una formalidad póstuma que choca brutalmente con la austeridad y sencillez de su vida.
El difunto, que en vida solo conoció las rancheras de la radio, está a punto de recibir una serenata de mariachis. La decisión de Chana de contratar al “Mariachi Villa Juárez” para la despedida es el clímax del absurdo, un acto que rompe todos los protocolos del duelo. La música, lejos de ser solemne, invita a un coro colectivo, transformando la sala en un escenario donde la pena se canta y se comparte. Este velorio se convierte en un reflejo de la vida del Tío: un evento que desafía la lógica y las expectativas, donde lo sagrado y lo profano bailan juntos al son de una trompeta desafinada.
Personajes Secundarios: Reflejos de una Vida
El velorio es también un punto de encuentro para personajes que orbitaron la extraña galaxia del Tío Cosa. Cada uno aporta una pieza al rompecabezas de su vida.
| Personaje | Rol en la Historia | Simbolismo |
|---|---|---|
| La Negra Alejandrina | Su único encuentro sexual, una mujer que lo amó a su manera y se opuso a su curación. | Representa el breve chispazo de vida carnal y pasión en la existencia del Tío, un momento de conexión humana pura y sin filtros. |
| Carlitos | El compadre del narrador, el "showman" que necesita su público. | Encarna la necesidad de performatividad y escape, utilizando el caos del velorio para montar su propio espectáculo, un reflejo de cómo cada quien lidia con la muerte a su manera. |
| Chana y la Madre | Las hermanas y cuidadoras principales, quienes cargaron con el peso de su existencia. | Simbolizan el deber familiar, el amor incondicional mezclado con el agotamiento, y la liberación que sienten al final, expresada a través del alcohol y la música. |
Análisis de Temas Clave
Más allá de la anécdota, el relato explora temas universales con una perspectiva única.
La Muerte como Liberación
El tema central es, sin duda, la muerte no como tragedia, sino como una “liberación insólita”. Para la familia, el fin del Tío Cosa es el fin de una carga de décadas. No hay malicia en este sentimiento, sino un honesto reconocimiento del agotamiento que implicaba su cuidado. El relato se atreve a mostrar una cara del duelo que a menudo se oculta: el alivio.
El Humor Negro como Mecanismo de Afrontamiento
Desde el viaje en coche hasta el performance de Carlitos, el humor es la herramienta principal que utilizan los personajes para navegar el dolor y el absurdo. La risa no niega la pena, sino que la hace soportable. Es una forma de celebrar la vida, incluso en medio de la muerte, y de honrar a un personaje que fue, en sí mismo, una contradicción andante.
Memoria y Realidad
El relato juega constantemente con la idea de la memoria. La madre cuenta la vida del Tío como una hagiografía, un santo que cumplió los mandamientos. La Negra Alejandrina lo recuerda desde la pasión física. El narrador lo ve como una carga entrañable. La figura del Tío Cosa se construye a partir de estos fragmentos, tan desconectados como su propia percepción de la realidad. Al final, nos preguntamos quién fue realmente Pedro, más allá de las historias que se cuentan sobre él.
Preguntas Frecuentes sobre el Relato
- ¿Qué significa el título "¿Qué fue tan disparejo?"?
El título alude al primer y único encuentro sexual del Tío Cosa con La Negra Alejandrina, un evento tan desproporcionado en su intensidad que marcó a ambos para siempre. Sin embargo, se expande para describir toda su vida: una serie de eventos extraños, desajustados y fuera de toda norma, desde su enfermedad hasta su velorio.
- ¿Es el Tío Cosa un personaje trágico?
Si bien su vida estuvo llena de limitaciones y sufrimiento, el relato no lo presenta únicamente como una figura trágica. A través de los ojos de su familia, es también una fuente de anécdotas absurdas y un punto de unión, aunque sea a través de la obligación. Su tragedia es humanizada y despojada de sentimentalismo barato.
- ¿Cuál es el rol del alcohol en la historia?
El alcohol actúa como un desinhibidor social y emocional. Permite a los personajes expresar sus verdaderos sentimientos sin el filtro de la solemnidad que se espera en un funeral. Es el lubricante que permite que la pena, el alivio, la risa y los recuerdos fluyan libremente.
Finalmente, cuando el narrador se detiene frente a un viejo retrato del Tío, la realidad de la pérdida lo golpea. Es en ese instante de silencio, después del ruido de los mariachis y el show de Carlitos, que la conciencia de su muerte se asienta. No fue un sueño. La liberación es real, pero también lo es la ausencia. El relato cierra con una imagen poderosa: el narrador abraza a su madre y ella, muy conforme, le pide otro carajillo. En ese gesto se resume todo: el dolor, el alivio, la continuidad de la vida y la certeza de que, incluso en el adiós más disparejo, los lazos familiares encuentran su extraña y perfecta manera de perdurar.
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