¿Por qué seguir adelante?

La Duda en la Prisión: ¿Por Qué Seguir Jugando?

10/04/2017

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"Quiero seguir jugando porque es mi pasión". Esta frase, atribuida a grandes atletas, resuena en el corazón de cualquiera que haya amado una vocación, un arte o un propósito. La vida, en muchos sentidos, es un gran campo de juego. A veces ganamos, a veces perdemos, pero el verdadero desafío llega cuando las luces del estadio parecen apagarse, las rodillas flaquean y una voz interna, o externa, nos susurra que es hora de colgar las botas. Es en ese momento de incertidumbre, en esa prisión personal de duda y cansancio, donde surge la pregunta más profunda y humana de todas: ¿Por qué seguir adelante? ¿Vale la pena continuar este partido?

Esta no es una pregunta moderna. Es una cuestión tan antigua como la humanidad misma, una que encontró eco en la voz del más grande de los profetas, Juan el Bautista. Desde la fría oscuridad de una celda, él, que había sido la voz que clamaba en el desierto, se enfrentó al silencio y a la duda, y nos legó una de las lecciones más poderosas sobre la perseverancia, la fe y la verdadera naturaleza de la esperanza.

¿Qué significa seguir?
Seguir significa dedicar, ejercer, profesar o desempeñar una ciencia, especialidad, arte, actividad o estado. Este término en su etimología proviene del latín «sequīre» y a su vez «sequi» con la misma acepción, con la terminación de «ire» que quiere decir ir.
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La Prisión de la Duda: El Dilema de Juan el Bautista

Imaginemos la escena. Juan el Bautista, el precursor, el hombre de una pieza cuya vida austera y mensaje potente habían sacudido a toda una nación, se encontraba encarcelado. Su misión parecía haber llegado a un abrupto final. Las noticias que le llegaban de Jesús, aquel a quien había señalado como el "Cordero de Dios", eran desconcertantes. Jesús no se presentaba como el Mesías justiciero que Juan quizás esperaba, aquel con el "bieldo en la mano para limpiar su era". En su lugar, era un maestro manso, amigo de pecadores, que hablaba de bienaventuranzas y misericordia.

En medio de esa aparente contradicción, en la soledad de su encierro, Juan experimenta la terrible tentación de la incertidumbre. ¿Había corrido en vano? ¿Se había equivocado? Su pregunta, enviada a través de sus discípulos, es un grito de honestidad brutal: "¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?". No es necesariamente la pregunta de un hombre que ha perdido la fe, sino la de uno que necesita anclarla en la certeza. Como explica San Agustín, Juan no pregunta por él, sino por sus discípulos; quiere que ellos, que aún lo veían como su maestro principal, reciban la confirmación directamente de la fuente. Quería asegurarse de que el camino que él había preparado con tanto sacrificio, efectivamente conducía al destino correcto.

Todos hemos estado en la prisión de Juan. Puede ser la cárcel de una enfermedad, de una crisis económica, de una relación rota o de una profunda depresión. Desde allí, miramos al mundo y a nuestras creencias y preguntamos con la misma angustia: ¿Es esto real? ¿Hay un propósito en todo este sufrimiento? ¿Vale la pena seguir creyendo, seguir luchando?

La Respuesta no son Palabras, son Obras

La respuesta de Jesús es, en sí misma, una lección magistral. No ofrece un simple "Sí, soy yo". No entra en discursos teológicos ni en razonamientos complejos. Su respuesta es una invitación a observar la realidad, a ser testigos de la acción. Él dice: "Id y contad a Juan lo que habéis oído y visto".

¿Y qué habían visto y oído? "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres les es anunciado el Evangelio". Jesús no se define a sí mismo con un título, sino con sus obras. Su identidad mesiánica no se demuestra con una corona, sino con la compasión en acción. Le dice a los discípulos de Juan, y a nosotros, que la prueba de la presencia de Dios no se encuentra en las promesas abstractas, sino en los hechos concretos de sanación, liberación y esperanza que transforman el mundo.

Esta respuesta es un cumplimiento directo de las profecías que el mismo Juan conocía tan bien, especialmente las del profeta Isaías. La evidencia estaba allí, a la vista de todos.

¿Por qué el mundo puede seguir jugando?
¿Significa esto que el mundo puede seguir jugando? Tal vez, sugiere la investigación. Pero los expertos también advierten de que el tiempo de juego alejó a los jugadores de otras actividades más productivas (los deberes, para ser específicos) en un proceso que los psicólogos llaman desplazamiento.

Tabla Comparativa: Profecía y Cumplimiento

Profecía de IsaíasObras de Jesús (Respuesta a Juan)
"Se despejarán los ojos del ciego" (Isaías 35:5)"Los ciegos ven"
"Los oídos del sordo se abrirán" (Isaías 35:5)"Los sordos oyen"
"Saltará como un ciervo el cojo" (Isaías 35:6)"Los cojos andan"
"Anunciar la buena nueva a los pobres" (Isaías 61:1)"A los pobres se les anuncia el Evangelio"
(Implícita promesa de vida sobre la muerte)"Los muertos resucitan"

La lección para nosotros es clara: cuando la duda nos encarcela, no debemos buscar respuestas en el ruido de nuestras propias mentes, sino en la evidencia del bien que nos rodea. Debemos abrir los ojos para ver los pequeños y grandes milagros: la mano que ayuda, la palabra que consuela, la injusticia que se combate, la enfermedad que se supera. Ahí está la respuesta. Ahí está Dios actuando.

El Valor de la Paciencia y la Esperanza Activa

La liturgia, a través de la carta del apóstol Santiago, nos ofrece otra herramienta fundamental para seguir en el juego: la paciencia. "Ved como el agricultor aguarda el precioso fruto de la tierra, esperándolo pacientemente; y aguarda del cielo la lluvia temprana y la tardía". La vida espiritual y personal no es un sprint, es una maratón. Sembrar la semilla de la fe, del amor, del esfuerzo, no garantiza una cosecha inmediata.

La paciencia del cristiano no es una resignación pasiva. Es una espera activa y llena de esperanza. Es saber que, aunque no veamos resultados inmediatos, algo está creciendo bajo la superficie. Es confiar en que la "lluvia" de la gracia de Dios llegará a su debido tiempo para hacer florecer nuestros desiertos. El profeta Isaías lo expresó poéticamente: "El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa". Esta transformación no es instantánea, requiere tiempo y fe.

Cuando nos sintamos tentados a abandonar el campo, a dejar de arar porque la tierra parece estéril, recordemos al labrador. Sigamos cuidando la semilla, confiando en que el Señor de la cosecha cumplirá su promesa. La alegría, como nos recuerda este domingo de Adviento, nace de esta profunda convicción de que el Señor está cerca, de que su venida es inminente, aunque no siempre se ajuste a nuestros calendarios.

Más que un Profeta: La Grandeza en la Humildad

Una vez que los mensajeros de Juan se han ido, Jesús pronuncia uno de los elogios más extraordinarios del Evangelio: "Os digo que entre los nacidos de mujeres no se levantó mayor profeta que Juan el Bautista". Sin embargo, inmediatamente añade una frase que nos deja perplejos: "Mas el que es menor en el reino de los cielos, mayor es que él".

Esta no es una forma de menospreciar a Juan. Al contrario, establece la grandeza inmensa de la nueva era que Jesús inaugura. Juan es el culmen del Antiguo Testamento, la bisagra que une la promesa con la realidad. Pero incluso el ciudadano más humilde del Reino de Dios, aquel que ha sido regenerado por el agua y el Espíritu, tiene acceso a una intimidad con Dios que superó las expectativas de los profetas. Somos hechos hijos en el Hijo. Nuestra grandeza no radica en nuestros propios méritos, sino en el don inmerecido de la gracia de Cristo.

¿Por qué quiero seguir jugando?
"Quiero seguir jugando porque es mi pasión y hasta que me de el físico seguiré haciéndolo, muchos amigos me dicen que la vida después del fútbol es dura". "Quedé con Di María y luego me llamó Neymar, comimos un asado y nos hicimos una foto sin más, estábamos de broma, no tiene importancia", dice Messi.

La figura de Juan nos enseña, además, la virtud de la humildad. Su alegría se completaba al escuchar la voz del esposo. Su lema de vida era: "Conviene que él crezca y yo mengüe". Para seguir jugando, para seguir adelante, debemos entender que no somos los protagonistas de la historia. Somos precursores, preparadores de caminos, testigos. Nuestra misión es señalar a Cristo, no a nosotros mismos. En un mundo obsesionado con la auto-promoción y el reconocimiento, la lección de Juan es un antídoto revolucionario: la verdadera grandeza se encuentra en disminuir para que la Verdad y el Amor puedan crecer a través de nosotros.

Preguntas Frecuentes sobre la Duda y la Perseverancia

¿Es la duda un pecado?

No, la duda no es inherentemente un pecado. Es una experiencia profundamente humana. Como vemos en el ejemplo de Juan el Bautista, la clave no es la ausencia de duda, sino lo que hacemos con ella. Una duda honesta que busca la verdad puede ser un catalizador para una fe más profunda y madura. El problema surge cuando la duda se convierte en cinismo y nos cierra a cualquier posibilidad de respuesta.

¿Qué significa que "el menor en el reino es mayor que Juan"?

Significa que la gracia de participar en la nueva alianza inaugurada por Cristo nos eleva a una dignidad y a una relación con Dios que trascienden incluso la de los más grandes profetas de la antigua alianza. No se refiere a la santidad personal, sino al privilegio de vivir en el tiempo del cumplimiento, de ser parte del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, y de recibir los sacramentos que nos confieren la vida divina.

¿Cómo puedo "ver" las obras de Dios hoy en día?

Las obras de Dios no siempre son espectaculares. Se manifiestan en los actos de caridad, en la resiliencia del espíritu humano frente a la adversidad, en la belleza de la creación, en la comunidad que se apoya mutuamente, en el perdón que se ofrece y se recibe, y en la paz interior que sobrepasa todo entendimiento. Requiere una mirada de fe, una disposición a ver más allá de la superficie caótica del mundo para encontrar el hilo dorado del amor de Dios tejiendo la historia.

En definitiva, la pregunta "¿Por qué seguir jugando?" encuentra su respuesta no en una fórmula mágica, sino en un camino. Es el camino de mirar las obras y no solo las palabras. Es el camino de la paciencia activa del labrador. Y es el camino de la humildad del precursor. Cuando nos encontramos en nuestra propia cárcel, la historia de Juan el Bautista nos invita a enviar nuestros mensajeros, nuestras oraciones, nuestras dudas, hacia Jesús. Y su respuesta será la misma: mira a tu alrededor. La vida está brotando, la sanación está ocurriendo, la esperanza es real. El desierto está floreciendo. Por eso, y a pesar de todo, vale la pena seguir adelante. Vale la pena seguir en el juego.

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